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ABDALLAH (Sudán)

Imagen: © F. Magallón

La vida ha llevado a Abdallah desde muy joven por rutas que probablemente jamás imaginó. Su ir y venir por el mundo comenzó cuando tenía 22 años, en Sudán, donde ejercía de maestro. Pero la guerra en su país le llevó a tomar la decisión de buscar seguridad y una vida mejor en otro lugar.

Y el destino elegido fue Libia, donde miles de inmigrantes y refugiados de origen africano estaban encontrando buenas oportunidades laborales durante aquella época. Hasta Trípoli se trasladó el joven Abdallah con su familia, compuesta por su esposa y dos niñas pequeñas. Allí logró rehacer poco a poco su vida, retomar su carrera profesional, esta vez como profesor de inglés y árabe, y ampliar su familia: durante esos años otras 3 niñas más se sumaron a ella.

Pero en 2011 estallaron las revueltas en Libia que acabarían con el régimen de Muamar al- Gaddafi. La primavera árabe llegó al país que le había acogido pero las cosas no se pondrían fáciles para él y su familia.

Con la población subsahariana acusada por la propaganda de guerra de ser mercenarios al servicio del Régimen, muchos se vieron perseguidos en las calles o acosados y atacados en sus trabajos y en sus casas. Así que Abdallah llegó a la conclusión de que no podía arriesgar su vida y la de sus hijas permaneciendo allí, por lo que decidió huir a Túnez, donde buscó refugio en el campo de tránsito de Shousha, gestionado por ACNUR. Allí estuvo viviendo con su familia durante más de un año. Él y sus hijas quisieron colaborar para hacer la vida un poco más llevadera en el campo de refugiados. Abdallah empezó a dar clases en la escuela del campo y sus hijas fueron voluntarias para el Danish Refugee Council, un socio de ACNUR.

Pero su viaje no podía acabar aquí: siendo una familia numerosa de refugiados reconocidos por ACNUR y en un campo provisional, destinado a ser cerrado a medio plazo, Abdallah fue seleccionado para ser reasentado en otro país. Le dijeron que iría a España con su familia y él no se lo pensó mucho para aceptar, a pesar de que, hasta el campo de Shousha, también llegaban las noticias sobre la crisis que vivía el país. Pero cualquier cosa era mejor que seguir viviendo en una tienda de campaña sin poder hacer planes ni construirse su propio futuro.

En verano de 2012 Abdallah aterrizó junto a su familia y otros 73 refugiados del campo de Shousha en el aeropuerto de Madrid. Confundidos por el cambio tan radical que habían dado sus vidas en apenas unos días, inquietos por lo desconocido del lugar, el idioma y la gente que acudió a recibirlos, autoridades, trabajadores de ONG y de ACNUR en España, Abdallah y su familia acababan de comenzar la que sería, al menos por ahora, la última etapa en el viaje de sus vidas.

Una etapa de reconstrucción que no está siendo fácil. Durante los primeros meses de estancia en España, la familia recibió ayudas del gobierno, clases de español y asesoramiento para integrarse poco a poco en el país. Un año después las ayudas se van agotando y Abdallah se muestra inquieto por el futuro de sus hijas. Aunque están escolarizadas, dominan ya prácticamente el español y han hecho amigos en el barrio y en el colegio, este padre de familia sudanés no tiene claro cómo van a poder salir adelante si él no logra llevar un sueldo a casa: “Si no hay trabajo para los españoles ¿cómo va a haber para mí, que llevo un año en este país y mi nivel de español es además muy bajo?”, comenta este sudanés de 52 años.

Subsistiendo a duras penas, Abdallah va perdiendo poco a poco la esperanza con la que llegó al aeropuerto de Madrid. Pero no el espíritu de lucha, que le ha llevado a crear la ONG Protección y Educación de la Infancia en Condiciones de Guerra y Casos de Desastres Naturales, con la que quiere ayudar a otros refugiados sudaneses. No sabe qué será de su futuro en España pero hay algo que sí tiene claro: quiere que sus hijas puedan llegar a tener las mismas rutinas diarias que el resto de las niñas españolas y que no tengan que volver a vivir nuca la violencia y el miedo.