Imagen de Shapiry Hakami, de Afganistán

Shapiry (Afganistán)

Imagen: © ACNUR/ M.J Vega

 

Shapiry Hakami conoce bien la dura vida de las mujeres en Afganistán. Nació allí, tiene hermanas, primas, tías y amigas en ese país y huyó de él porque su rebeldía frente a las injusticias que enfrentan las afganas incomodaba a los islamistas radicales. Desde 1998 preside la Asociación por los Derechos de las Mujeres Afganas en España.

Aunque no llegó a vivir en Afganistán durante los gobiernos muyahidin y talibán, a sus militantes se les sentía, se les veía por las calles. Querían controlar la vida de las mujeres a partir de su particular interpretación del Islam y se enfrentaban a todo aquel que hiciera u opinara lo contrario. Shapiry no callaba frente a los atropellos. Empezó a molestar. “Mi familia me dijo que era muy peligroso que permaneciera en Afganistán y mi padre me convenció de irme a España”.

Esta licenciada en Filología persa partió con su esposo y dos hijos – uno de tres años y medio y otro de uno- con destino a Madrid. Era 1980 y tenía 24 años. “El primer problema fue el idioma. Yo no hablaba nada de español y aquí nadie hablaba inglés”, recuerda.

Acudió a una comisaría de policía a solicitar asilo. No le entendían. “Finalmente apareció un agente joven que manejaba el inglés, fue nuestra salvación”, dice. Él le envío a la Cruz Roja. Allí le ofrecieron ayuda económica para manutención mientras ACNUR gestionaba su solicitud de asilo. Recibió junto a su familia el estatus de refugiada después de tres meses. Y posteriormente la nacionalidad española.

Se mudaron a Móstoles, localidad a 17 km al sureste de Madrid, “porque era más económico” y empezaron a acoplarse a su nuevo país. Siguieron cursos de español y ella se apuntó a un módulo de peluquería. “La práctica lo llevaba fenomenal, pero el idioma no tanto, menos escrito”, explica. Le permitieron examinarse oralmente y aprobó. Shapiry recuerda con entusiasmo los primeros esfuerzos para salir adelante. Presentó un proyecto a la Comisión Española de Ayuda al Refugiado, CEAR, para montar una peluquería y consiguió el financiamiento. “Era muy chiquita, pero estaba feliz”, recuerda esta mujer de sonrisa fácil. “Trabajaba muchísimo, con precios bajos, tenía que sacrificarme para darles alimento, educación y vestido a mis hijos”, dice esta madre de tres varones; él último nació en España hace 23 años. Su esposo Azizirahman montó una tienda de frutos secos. Finalmente las cosas empezaban a calzar.

El esfuerzo valió la pena. Omid de 34 años es médico, Navid de 32 es arquitecto  y Hamed empezará a estudiar Economía. Shapiry tiene dos nietos de su hijo mayor “que son mi vida”, acota.

Pese a la estabilidad que había alcanzado en España a Shapiry le costaba desentenderse de la realidad de su país y sobre todo de las mujeres. Cuando los muyahidines llegaron al poder en 1992 y los talibanes en 1996, sus dos hermanas, desesperadas, le dijeron “dános voz, tú estás en Europa”. Tanto ellas – con carreras y trabajos- como millones de afganas fueron confinadas a sus casas, obligadas a dejar sus empleos, a salir solo con la compañía de un varón de la familia, a poner cortinas negras en las casas “para que ningún hombre las vea desde fuera”, a vestir burka….  Fue una época de miedo, desolación y dolor. “Imagínate si eres una abogada, profesora, estudiante, médica (…) y te encierran en una jaula ¿qué harías?

Muchas cayeron en depresión y se suicidaron. Las que tenían más recursos huyeron”, cuenta Shapiry.
Aquellas mujeres cuyos maridos fallecieron durante la intervención soviética llevaban la peor parte. “Al no poder trabajar y tener hijos que alimentar su situación era extrema. Echaban veneno en la comida y morían todos. Era eso o morir de hambre”, relata.

Lejos quedaron los años de infancia y adolescencia en que Shapiry usaba falda corta “sin medias”, casi nadie vestía velo “mucho menos burka” y su madre iba sola de compras o salía con sus hermanas a pasear.

“A mi madre le gustaba salir, le desahogaba. Mi padre nunca le prohibió nada ni a ella ni a nosotras. Nunca me dijo si debía casarme ni con quién”, añade.

Aunque le advertían de los peligros de ir a su país, Shapiry lo visitó un par de veces durante la época talibán. Entró por Pakistán, donde le recibieron varios familiares varones, y atravesó la frontera en coche.

“Nunca debías decir que venías de Europa, porque eras una amenaza para los talibanes”, cuenta. Ya en Afganistán recuerda un país gris, desolado y temeroso, “sin mujeres en ninguna parte, un mundo de hombres”

Desde España Shapiry levantaba la voz por las mujeres afganas a través de su asociación. Allí también molestaba. Los hombres de su comunidad le decían que rebelaba a sus esposas. Perdió muchos amigos. Después de una charla en la Universidad de Salamanca, el hijo menor contestó una llamada en la que amenazaban a su madre de muerte. La Policía intervino el teléfono de la familia y Shapiry recibió seguridad cuatro meses. Afortunadamente las amenazas no se cumplieron.

Ahora esta mujer afgana luchadora y sin miedo, vuelve a temer. Cree que la salida de las fuerzas internacionales de su país en 2014 podría acercar a los radicales al poder. Denuncia los intentos del presidente Karzai de reconciliarse con los talibanes a costa de sacrificar los derechos de las mujeres afganas. Estos se han ido recortando poco a poco, si en 2006 el 31% de empleados de oficinas eran mujeres, hoy son el 18%. Ocho de cada 10 mujeres sufren violencia doméstica física psicológica y verbal y el 60% son obligadas a contraer matrimonio antes de los 18 años. El 85% de las afganas son analfabetas y muchas de las zonas rurales carecen de documento de identidad.

Por otro lado, las diputadas del Parlamento – el 25% son mujeres- reciben amenazas cuando intervienen en las sesiones. “La que opina es amenazada o agredida por los “señores de la guerra” que son diputados”, cuenta Shapiry.

En las cárceles las presas son abusadas por los funcionarios. Ellas no se atreven a denunciar porque están en manos de sus verdugos. Las prisiones están llenas de niños producto de las violaciones.

“Qué país musulmán es este? ¿Acaso violar no va contra el Islam? Utilizan la religión solo cuando les beneficia”, reclama Shapiry.

Y en medio de este panorama el presidente Karzai dio luz verde hace escasas semanas a un edicto no vinculante emitido por el Consejo Islámico, según el cual “las mujeres deben evitar la mezcla con hombres extraños en diversas actividades sociales tales como la educación, en bazares, en las oficinas y otros aspectos de la vida”, dice el edicto. “Si esto se eleva a ley prohibirá a la mayoría de mujeres trabajar, estudiar y ser parte de la sociedad. Tenemos que evitar que esto suceda”, dice Shapiry.

Si así son las condiciones de las mujeres afganas con la presencia de las fuerzas internacionales Shapiry no quiere imaginar cómo será cuando estas se vayan. Ella sabe que cada vez que se produce un cambio político en su país los derechos de las mujeres son el arma arrojadiza de los políticos y los radicales. “En las actuales mesas de diálogo entre el gobierno y los talibanes se deciden los derechos de las mujeres a puerta cerrada, sin que ellas participen. Exigimos que estén presentes”.

Se muestra a favor de la permanencia de las fuerzas internacionales en su país. Porque ella ya conoce un Afganistán olvidado por el mundo, en el que los radicales minaron los derechos de las mujeres.

“Solo pido que esta vez no olviden a Afganistán”, concluye  Shapiry.